
En 1527, a la edad de 16 años, Orellana se marchó con el conquistador Francisco Pizarro, con quien estaba emparentado, al Nuevo Mundo. Demostró ser un soldado valiente, con sed de aventuras, que luchaba fervientemente en las batallas. Tanto, que perdió un ojo en una de ellas. Participó activamente en la conquista del Imperio de los Incas en 1532 y en la colonización de Perú (1535). Además, Orellana fue el fundador y gobernador de la ciudad ecuatoriana de Guayaquil desde 1538 hasta 1540. Como muestra de su apego a estas tierras, llegó a estudiar las lenguas indígenas de la zona, para integrar profundamente su persona en aquellos territorios y gentes.


Después, Orellana ordenó retomar el camino de vuelta río arriba para reencontrarse con Pizarro, pero sus hombres se negaron por la dificultad de luchar contra la corriente. Esperaron al conquistador durante un par de semanas, ya que habían acordado que iba a avanzar lentamente río abajo hasta encontrarse con ellos. Después de un mes sin noticias, perdieron la esperanza y retomaron su travesía río abajo, hasta llegar al Océano Pacífico. En su trayecto de salida del Amazonas, Orellana y sus hombres fascinaron con la vegetación, los paisajes, animales y las mujeres fuertes y luchadoras que habitaban la zona, llamadas Amazonas. A ellas dedicaron el nombre del río. Alcanzaron la desembocadura del Amazonas el 24 de agosto de 1542 -que ya se conocía- y volvieron a la isla de Cubagua del Caribe el 11 de septiembre.
En mayo de 1543, Francisco de Orellana regresó a España, se casó con una andaluza e intentó conseguir las capitulaciones para emprender una nueva expedición al Amazonas. Ante la falta de dinero, se las negaron. Pero Orellana se saltó las órdenes y partió igualmente hacia el Amazonas, incluso realizando algún acto de piratería en el camino. Alcanzó su estimado río en diciembre de 1545 y casi un año más tarde, en noviembre de 1546, murió a causa de las fiebres. Para su tumba, se erigió una cruz al pie de un árbol en el espectacular escenario que marcó su vida.



